Hablar con Jesús

 

El entregar tu vida a Jesús es un paso de Fé

Orar significa simplemente hablar con Dios. Él te conoce. Lo que importa es la actitud de tu corazón, tu honestidad. Sugerimos que hagas esta oración:

“Señor Jesús, te doy gracias por tu amor y porque viniste al mundo a morir por mí. Confieso que he dirigido mi propia vida y que por lo tanto, he pecado contra Dios. Ahora quiero depositar mi confianza en ti y recibirte en mi vida. Te pido que perdones mis pecados. Hazme la persona que tú quieres que sea. Te doy gracias por haber contestado mi oración y porque ahora estás en mi vida. Amén.”

No es preciso, hijo mío, saber mucho para agradarme mucho; basta que me ames con fervor. Háblame, pues aquí sencillamente como hablarías al más íntimo de tus amigos, como hablarías a tu madre, a tu hermano.

 

DIEZ MINUTOS EN COMPAÑÍA DE JESUS SACRAMENTADO

 

¿Necesitas hacerme una súplica en favor de alguien?

Dime su nombre, bien sea el de tus padres, el de tus hermanos o amigos. Dime enseguida qué quisieras que hiciese actualmente por ellos. Pide mucho, mucho; no vaciles en pedir; me gustan los corazones generosos que llegan a olvidarse en cierto modo, de sí mismos, para atender a las necesidades ajenas. Háblame, pues con sencillez, con llaneza, de los pobres a quienes quisieras consolar, de los enfermos a quienes ves padecer; de los extraviados que anhelas volver al buen camino; de los amigos ausentes que quisieras ver a tu lado. Dime por todos una palabra siquiera; pero palabra de amigo; palabra entrañable y fervorosa.

 Recuérdame que he prometido escuchar toda súplica que salga del corazón; ¿Y no ha de salir del corazón el ruego que me dirijas por aquellos a quienes tu corazón más especialmente ama?

¿Y para ti no necesitas alguna gracia?

Hazme, si quieres, una  lista de tus necesidades, y ven, léela en mi presencia. Dime francamente que sientes soberbia, amor a la sensualidad y al regalo, que eres tal vez egoísta, inconstante, negligente… y pídeme luego que venga en ayuda de los esfuerzos, pocos o muchos, que haces para librarte de tales miserias.

No te avergüences, ¡pobre alma! ¡Hay en el cielo tantos justos, tantos Santos de primer orden, que tuvieron esos mismos defectos! Pero rogaron con humildad, y poco a poco se vieron libre de ellos.

Ni menos vaciles en pedirme bienes espirituales y corporales: salud, memoria, feliz éxito en tus trabajos, negocios o estudios; todo eso puedo dar, y lo doy, y deseo que me lo pidas en cuanto no se oponga, antes bien ayude, a tu santificación. Hoy por hoy ¿qué necesitas? ¿Qué puedo hacer por tu bien? ¡Si supieras los deseos que tengo de favorecerte!

¿Traes ahora mismo entre manos algún proyecto?

Cuéntamelo todo minuciosamente ¿Qué te preocupa? ¿Qué piensas? ¿Qué deseas? ¿Qué quieres que haga por tus padres, por tus hermanos, por tus hijos, por tus amigos, por tus superiores? ¿Qué desearías hacer por ellos?

¿Y por mí? .¿No sientes deseos de mi gloria ¿No quisieras poder hacer algún bien a tus prójimos, a los amigos a quienes tú amas mucho, y que viven quizás olvidados de mí?

Dime qué cosa llama hoy particularmente tu atención, qué anhelas más vivamente, y con qué medios cuentas para conseguirlo. Dime si te sale mal tu empresa, y yo te diré las causas del mal éxito. ¿No quisieras interesarme algo en tu favor? Hijo mío, soy dueño de los corazones, y suavemente los llevo, sin perjuicio de su libertad, a donde me place.

¿Sientes acaso tristeza o mal humor?

Cuéntame, cuéntame, alma desconsolada, tus tristezas con todos sus pormenores. ¿Quién te hirió? ¿Quién lastimó tu amor propio? ¿Quién te ha menospreciado? Acércate a mi Corazón, que tiene bálsamo eficaz para curar todas esas heridas del tuyo. Dame cuenta de todo, y acabarás en breve por decirme que, a semejanza de mí, todo lo perdonas, todo lo olvidas, y en pago recibirás mi consoladora bendición.

¿Temes por ventura? ¿Sientes en tu alma aquellas vagas melancolías, que no por ser injustificadas dejan de ser desgarradoras? Échate en brazos de mi amorosa providencia. Contigo estoy; aquí, a tu lado me tienes, todo lo veo, todo lo oigo, ni un momento te desamparo.

¿Sientes desvío de parte de personas que antes te quisieron bien, y ahora olvidadizas, se alejan de ti, sin que les hayas dado el menor motivo? Ruega por ellas, y yo las volveré a tu trato, si no han de ser obstáculo a tu santificación.

¿No tienes tal vez alegría alguna que comunicarme?

¿Por qué no me haces partícipe de ella?

Cuéntame lo que desde ayer, desde la última visita que me hiciste, ha consolado y alegrado tu corazón. Quizá has tenido agradables sorpresas; quizá has visto disipados negros recelos; quizá has recibido malas noticias, una carta, una muestra de cariño. Has vencido alguna dificultad, o salido de algún lance apurado. Obra mía es todo eso, y yo te lo he procurado. ¿Por qué no has de manifestarme por ello tu gratitud y decirme sencillamente, como un hijo a su padre: “Gracias, Padre mío, gracias”? El agradecimiento trae consigo nuevos beneficios porque al bienhechor le gusta verse correspondido.

¿Tampoco tienes promesa alguna que hacerme?

Veo, ya lo sabes en el fondo de tu corazón. A los hombres se les engaña fácilmente, pero a Dios no. Háblame, pues con toda sinceridad. ¿Tienes firme resolución de no exponerte ya más en aquella ocasión de pecado? ¿De privarte de aquel objeto que te dañó? ¿De no leer más aquel libro que exaltó tu imaginación? ¿De no tratar más a aquella persona que turbó la paz de tu alma?

¿Volverás a ser dulce, amable y condescendiente con aquella otra, a quien por haberte faltado, has mirado hasta hoy como enemiga?

Ahora bien, hijo mío, vuelve a tus ocupaciones habituales, a tu trabajo, a tu familia, a tu estudio, pero no olvides los diez minutos de grata conversación que hemos tenido aquí los dos en la soledad del santuario. Guarda en lo posible, silencio, modestia, recogimiento, resignación, caridad con el prójimo. Ama y honra a mi Madre, que también lo es tuya. Vuelve otra vez mañana con el corazón más amoroso, más entregado a mí. En el mío hallarás cada día nuevo amor, nuevos beneficios, nuevos consuelos. Aquí te espero.

 

 

Fuente del artículo: Vida en Jesús