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Una vez que oficiaba en el templo de Jerusalén, le tocó a él entrar en el santuario a ofrecer el incienso, y se le apareció el ángel del Señor, que le dijo: No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan. Él irá delante del Señor para prepararle un pueblo bien dispuesto. Zacarías replicó al ángel: ¿Qué va a ser este niño?
Entonces Zacarías, lleno del Espíritu Santo, profetizó diciendo: «Bendito sea el Señor, Dios de Israel...», el Benedictus, así llamado por ser la primera palabra del texto latino. En este cántico, que está lleno de citas y resonancias del Antiguo Testamento portadoras de la espera y la esperanza mesiánicas, pueden apreciarse dos partes: la primera, vv. 68-75, es un himno de alabanza y acción de gracias a Dios, salvador de su pueblo; la segunda, vv. 76-79, es una visión profética del Precursor, en la que se declara la misión a que está destinado. Zacarías comprende en aquellos momentos lo que está sucediendo y por ello da gracias: Dios va a redimir y liberar a su pueblo como lo redimió y liberó antaño de la esclavitud de Egipto; va a hacer realidad las promesas de Alianza hechas a Abrahán; y aquel niño, Juan, será el profeta que prepare la entrada del Señor que hará de su pueblo un pueblo libre que le sirva en santidad y justicia (BJ).
Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha visitado y redimido a su pueblo, suscitándonos una fuerza de salvación en la casa de David, su siervo, según lo había predicho desde antiguo por boca de sus santos profetas. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos y de la mano de todos los que nos odian; realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres, recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán. Para concedernos que, libres de temor, arrancados de la mano de los enemigos, le sirvamos con santidad y justicia, en su presencia, todos nuestros días. Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados. Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.
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