BENEDICTUS     Lc 1, 68-79 

El Mesias y su Precursor

El Evangelio según San Lucas nos dice que en tiempos de Herodes el Grande, rey de Judea, había un sacerdote llamado Zacarías, casado con una mujer llamada Isabel. Los dos eran justos ante Dios. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos eran de edad avanzada.                                              

 

Una vez que oficiaba en el templo de Jerusalén, le tocó a él entrar en el santuario a ofrecer el incienso, y se le apareció el ángel del Señor, que le dijo:     

No temas, Zacarías, porque tu ruego ha sido escuchado: tu mujer Isabel te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan. Él irá delante del Señor para prepararle un pueblo bien dispuesto.                                                    

Zacarías replicó al ángel:


¿Cómo estaré seguro de eso? Porque yo soy viejo y mi mujer es de edad avanzada.   
                                                
El ángel le contestó: Yo soy Gabriel, y Dios me ha enviado para darte esta buena noticia. Pero mira: te quedarás sin poder hablar hasta el día en que esto suceda, porque no has dado fe a mis palabras.
 
Al cumplirse los días de su servicio en el templo, volvió a casa. Días después concibió su mujer, y cuando Isabel estaba de seis meses, el ángel Gabriel fue enviado también a María de Nazaret para anunciarle que concebiría y daría a luz al Hijo del Altísimo: ¡el misterio de la Anunciación y Encarnación del Verbo! También le dijo el estado de buena esperanza de su pariente. Luego, María marchó presurosa a visitar a su prima Isabel, entre ellas se cruzaron saludos proféticos y bienaventuranzas, María entonó su "Magníficat" y permaneció allí unos tres meses.                                                                              
A Isabel se le cumplió el tiempo y dio a luz un hijo. A los ocho días fueron a circuncidarlo y lo llamaban Zacarías, pero la madre y luego el padre, éste escribiéndolo en una tablilla, dijeron que se tenía que llamar Juan. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua a Zacarías y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos y todos se preguntaban:
 
¿Qué va a ser este niño? 

Entonces Zacarías, lleno del Espíritu Santo, profetizó diciendo: «Bendito sea el Señor, Dios de Israel...», el Benedictus, así llamado por ser la primera palabra del texto latino.                                                    

En este cántico, que está lleno de citas y resonancias del Antiguo Testamento portadoras de la espera y la esperanza mesiánicas, pueden apreciarse dos partes: la primera, vv. 68-75, es un himno de alabanza y acción de gracias a Dios, salvador de su pueblo; la segunda, vv. 76-79, es una visión profética del Precursor, en la que se declara la misión a que está destinado. Zacarías comprende en aquellos momentos lo que está sucediendo y por ello da gracias: Dios va a redimir y liberar a su pueblo como lo redimió y liberó antaño de la esclavitud de Egipto; va a hacer realidad las promesas de Alianza hechas a Abrahán; y aquel niño, Juan, será el profeta que prepare la entrada del Señor que hará de su pueblo un pueblo libre que le sirva en santidad y justicia (BJ).

 

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,

porque ha visitado y redimido a su pueblo,

suscitándonos una fuerza de salvación

en la casa de David, su siervo,

según lo había predicho desde antiguo

por boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos

y de la mano de todos los que nos odian;

realizando la misericordia

que tuvo con nuestros padres,

recordando su santa alianza

y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,

arrancados de la mano de los enemigos,

le sirvamos con santidad y justicia,

en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,

porque irás delante del Señor

a preparar sus caminos,

anunciando a su pueblo la salvación,

el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tinieblas

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Como era en el principio, ahora y siempre,

por los siglos de los siglos. Amén.