“MAGNIFICAT”  Lucas 1 46-55

                                                                          

 
                                                                ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR
 
El Evangelio según San Lucas nos dice que, cuando el ángel anunció a María el misterio de la Encarnación, le dijo también que su pariente Isabel había concebido un hijo en su vejez, y ya estaba de seis meses aquella a quien llamaban estéril.
 
Poco después, María se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá, Ain Karim, seis kilómetros al oeste de Jerusalén y a tres o cuatro días de viaje desde Nazaret. Llegada a su destino, entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel.
 
Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó de alegría en mi vientre. ¡Dichosa tú, que has creído!, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá».                                   
El saludo profético y la bienaventuranza de Isabel despertaron en María un eco, cuya expresión exterior es el himno que pronunció a continuación, el Magníficat, canto de alabanza a Dios por el favor que le había concedido a ella y, por medio de ella, a todo Israel. María, en efecto, dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor... porque ha mirado la humillación de su esclava... Auxilia a Israel, su siervo, ... y su descendencia por siempre».                                    

El evangelista San Lucas no nos ha dejado más detalles de la visita de la Virgen a su prima Isabel, simplemente añade que María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa de Nazaret.

 

Proclama mi alma la grandeza del Señor,

se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;

porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,

     porque el    Poderoso ha hecho obras grandes por mi;

     su nombre es santo,

     y su misericordia llega a sus fieles

     de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:

     dispersa a los soberbios de corazón

                                             derriba del trono a los poderosos                                                             

      y enaltece a los humildes,

     a los hambrientos los colma de bienes  

     y a los ricos los despide vacíos.

 

Auxilia a Israel, su siervo,

      acordándose de la misericordia

      -como lo había prometido a nuestros padres-

     a favor de Abraham y su descendencia por siempre.

 

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

     Como era en el principio, ahora y siempre.

     por los siglos de los siglos. Amén.

 
         Ver Benedictus